El día 6 de julio, iba en el
coche camino al aeropuerto, y por mi mente no dejaba de rondar la idea de que aquel
viaje no era tan acertado como había pensado. Yo, que había estado convencida
de irme en todo momento y que había discutido con todo el mundo para que vieran
lo que yo sentía, por un momento se me pasó por la cabeza que aquello era una locura.
Días mas tarde, ya allí, me tranquilizó saber que no era la única que se había
sentido así, sino que Cris por un momento había preferido quedarse en su casa
también, pero, al final ambas agradecimos a Dios profundamente haber ido.
Puede ser que mencionar los dos
días de vuelos que tuvimos que hacer parezca que no tiene importancia aquí,
pero creo que tengo que contar la ilusión que sentimos todos. Yo,
personalmente, no podía estar quieta, de niervos o de miedo no lo sé. Al
aterrizar en Nairobi el día 8 sentía que iba a ponerme a gritar de la emoción.
Fue allí donde se empezó a formar la familia en la que nos convertiríamos
después, entre miradas nerviosas, abrazos emocionados y sentimientos que se
desbordaban por todos lados porque ninguno éramos capaz de retener aquello
dentro. Éramos libros abiertos, y eso nos unió desde el principio.
En Nairobi estuvimos dos días, y
ya la ciudad me impresionó desde el primer viaje en taxi. Es una ciudad de
edificios altos y modernos, pero que todo eso se entremezcla con una pobreza
muy distinta a España. Yo no era capaz de entender los Hoteles de cinco
estrellas cerca de todo esto, o los coches tan caros que había que pasaban
indiferentes. Al final del día Samu me preguntó qué era lo que más me había
impactado y yo le respondí que los espejos que usaban los guardas que estaban
en las puertas de los garajes para comprobar que no hubiese bombas debajo de
los coches. Denotaban la inestabilidad que había, aunque es uno de los países
que mejor situación tiene, seguía siendo África.
Mas tarde pensé: ¿Eso era lo que
me había sorprendido? Pues lo que estaba a punto de ver iba a transforme en
otra persona, porque cada día las cosas eran tan distintas que no eras capaz de
acostumbrarte.
Lo primero digno de mención fue
la avioneta en la que fuimos a Lodwar, el condado al norte de África donde
pasaríamos el resto de los días con el pueblo turkana. Cuando la vi pensaba que
alguien estaba bromeando, y que esa caja de metal con alas se iba a estrellar
nada mas despegar. Pero no, el Padre Daniel iba muy en serio, y nos subimos a
aquella avioneta que nos iba a llevar al lugar mas maravilloso del mundo, a
pesar de que no fue un viaje divertido (al menos para nosotros, porque el resto
de pasajeros se reían cada vez que María y yo gritábamos).
Nos subimos en los todoterrenos,
mientras nos peleábamos por quien iba fuera, sin saber que en unos días nos
íbamos a hartar de estar en la parte de atrás de la pick-up. Cuando P. Simón
nos dijo que habíamos llegado al centro de la cuidad yo miré a Javi con los
ojos como platos. El centro de la ciudad era una serie de carreteras (no como
en España obviamente) en cuyos lados había tiendas, y distintos
establecimientos que se basaban en cuatro placas de metal y un techo construido
de cualquier forma. Aunque la carretera por la que íbamos estaba medio
asfaltada destacan el polvo por la arena, que hacía que todo se viese
diferente. Las mujeres iban vestidas con los trajes típicos y entre los
pliegues de las túnicas tenían guardados los móviles, lo que contrastaba
notablemente. Había niños en los huesos vendiendo una especie de planta que
usan allí para lavarse los dientes, padres que nos vendían a los niños en
cualquier momento y señoras que se peleaban por hacerse fotos con nosotros.
Pero también había vida en todos lados, aunque no de la forma como la
entendemos en occidente. Los niños se reían, jugaban con palos, cuerdas,
bidones y ruedas; las mujeres iban orgullosas con sus collares turkana y sus
kilos y kilos de madera en la cabeza, y los hombres hablaban entre ellos
sentados en las motos. Era vida, y a la vez no eras capaz de relacionar eso con
lo que tu entendía yo por vivir. Sin embargo, a lo largo del viaje entendí que,
en verdad, esa gente no era desgraciada viviendo allí, no era tampoco
comparable con lo que yo conocía, sino que lo que me producía tristeza era el
hambre, la pobreza y ver a niños forzados a trabajar desde pequeños.
Por las tardes nos íbamos a dar
misa a distintos colegios cerca de la Parroquia, y fue esa la forma en la que
capacidad para dar a aquellos niños lo que habíamos ido a dar; amor. Las manos
extendidas hacia nosotros durante la Paz como si fuéramos especiales y sus
caras cuando les sonreíamos no tenían precio.
Cuando terminábamos nos íbamos de
vuelta al poblado de la parroquia, y allí jugábamos con lo niños a las palmas,
bailábamos, jugábamos el futbol, cantábamos… O Samu y María tocaban su guitarra
y violín. Creo que esos momentos de reírnos sin parar, la forma en la que cogían
confianza con cada día que pasaba o el amor que derrochaban por nosotros es lo
primero que me viene a la cabeza cuando pienso en Kenia. ¿Qué es Kenia para mí?
Amor, alegría, familia y casa.
En esos pueblos había gente con
la que el Padre Daniel había trabajado muchos años, y ver su cariño al verle
volver y sus ojos anegados de lagrimas han sido una de las cosas mas especiales
e la experiencia, porque realmente el Padre Daniel nos ha inspirado a nosotros
a hacer lo que el hizo, aunque dudo que ninguno lo consiga, no se puede ser tan
maravilloso.
Los ultimo días volvimos Nairobi,
y allí visitamos el Parque Nacional de Amboseli. Uno de mis deseos cuando supe
que íbamos a la sabana era ver una jirafa, cuando las vimos casi me puse a
llorar. Había tachado de la lista todo lo que quería hacer en África en ese
viaje, y así solo había conseguido hacer otra nueva, mucho más larga y difícil
de cumplir. Tania me dijo que era el veneno de África, y yo supe que aquello se
había acabado y que volvía a España.
África me ha roto el corazón en
mil pedazos cada día que he estado con esas personas, pero a la vez me ha
devuelto la vida. He llorado, mucho, incluso ahora no soy capaz de hablar de África
sin hacerlo, pero he visto a Dios en persona, he encontrado a otra familia, y
en definitiva he encontrado mi casa, y donde quiero pasar el resto de mi vida.
Laura Fernández-Pampillón Enguix