lunes, 23 de julio de 2018

Ludoteca misionera

¿Qué pasaría si cada vez que hacemos una pequeña buena acción, la persona beneficiaria replicara con otros tres favores? Esta es la simple idea que se plantea en la emotiva película 'Cadena de Favores'.

                                                       

lunes, 16 de julio de 2018

Frase misionera del mes

Nuestros silencios ante las injusticias que vemos por doquier y ante las muertes de seres humanos inocentes y la lapidación de la verdad y la negación del amor, nos hacen cómplices de esta podrida situación que domina nuestra sociedad. Los creyentes hemos de alzar nuestra voz, sin miedo, convencidos de que esto puede cambiar si nosotros asumimos que debemos predicar y vivir el Evangelio. Porque en nuestras manos, con nuestra palabra y nuestro ejemplo de vida, está el poder mejorar el mundo que nos rodea y hacerlo más humano y solidario. 
Roberto Misas (www.parroquiaweb.es)

ParroquiaWeb es un proyecto de servicio web a parroquias, os animamos a visitar su página donde encontraréis cada día el evangelio, la imagen y el santo correspondiente.
¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas porque, por haber callado, el mundo está podrido! - Santa Catalina de Siena
Fuente: http://parroquiaweb.es/

lunes, 9 de julio de 2018

DE PIE ...CON DOS PIES



¡Feliz domingo a todos!




Me llamo Imma y acabo de volver a Italia después de vivir dos años en Granada en el Postulantado de las Misioneras Combonianas. Aquí en Matera, mi ciudad, estoy disfrutando de mi familia, mi sobrinita y mis amigos antes de marcharme a Ecuador donde al principio de septiembre empezaré el noviciado. Por supuesto, en este tiempo aquí estoy haciendo también el lleno de pizza y mozzarella!

Durante mucho tiempo, cuando escuchaba a alguien hablar de vocación, creía que esa fuese una llamada ensordecedora y una manifestación extraordinaria de la voluntad de Dios. Sin embrago muchas veces, así como nos recuerda el primer libro de los Reyes, el Señor no está en el terremoto, ni el huracán, sino en la brisa suave de la mañana, es decir en las pequeñas cosas de cada día y es por esa razón que deberíamos tener el corazón y los sentidos despiertos para reconocer Su presencia y Su voz.

Toda mi vida fue caracterizada por una amistad con el Señor que poquito a poco me iba moldeando y por el deseo de servirle sobre todo en los hermanos más pequeños. No obstante eso, nunca pensé que un día pudiese emprender el camino para ser religiosa. Como la mayoría de las niñas, yo también soñaba con encontrar el príncipe azul, casarme y tener muchos hijos. Además, deseaba ser maestra de escuela primaria. En la medida que esos sueños empezaban a realizarse, me daba cuenta que, aunque lo que hacía y vivía me gustaba mucho, había algo que me faltaba. Cuando terminé mi carrera universitaria, cuando encontré trabajo como maestra, cuando la relación con el chico que me gustaba se hacía siempre más seria, es decir cuando tenía todas las razones para ser feliz, siempre escuchaba dentro de mí un estribillo que repetía "África, África". Hay que decir que para mí África no es tanto un lugar geográfico sino el sinónimo de la parte más abandonada y explotada de la humanidad, de los últimos entre los últimos.



A los 17 años empecé a comprometerme en el voluntariado y a lo largo de muchos años colaboré con distintas asociaciones que actuaban en mi ciudad y participé a los campamentos de verano organizados por la familia Comboniana. Con el tiempo sentía que estas experiencias "part-time" ya no me bastaban, que no podía seguir picando: quería entregarme totalmente por la causa del Reino.
Fue en aquel entonces que me planteé por primera vez la posibilidad de entrar en una congregación religiosa. Mientras tanto el estribillo "África, África" seguía imponiéndose en mi interior así que un día decidir irme allí. Esperaba enamorarme o acabar con ella diciendo "lo he intentado pero eso no es lo mío". Sin embargo, no viví ninguna de esas dos experiencias sino que, aunque racionalmente estaba tentada a huir, en mi interior sentía que estaba en el sitio justo, en mi sitio.



Cuando, hace tiempo, decidí ser maestra lo hice porque me encantan los niños pero también porque veía en eso una manera para prevenir el mal y el sufrimiento. Sé que si siguiera trabajando en Italia podría dar más porque me movería en un campo conocido y en el cual me siento competente, también sé que si siguiera adelante en mi trabajo de sensibilización sobre el cuidado del medio ambiente llegaría a más personas, pero las parábolas de la oveja y de la dracma perdidas nos enseñan que para Dios la eficacia y la conveniencia no siguen nuestros criterios humanos. Ahí en Mozambique sentí fuerte que mi sitio es a los pies de todos los crucifijos de la historia, que el Señor me llama a ser recolectora de lágrimas de esas ovejas preciosa que a los ojos del mundo no tienen valor.

Muchas personas, sobre todo las más cercanas a mí, me repiten que no hace falta ir tan lejos para hacer el bien. Tienen razón: en cualquier sitio y en cualquier estado de vida se puede amar y vivir radicalmente el Evangelio. Pero creo que para cada uno de nosotros existan unas situaciones que puedan hacernos sentir más plenos, abrirnos a una fecundidad inesperada y desarrollar más nuestras potencialidades.



Jesús nos dice que su yugo es ligero, de hecho cuando lo seguimos en la manera que más se encaja con nuestro ser, encontramos descanso no obstante las pruebas y las dificultades que surgen a la hora de ser discípulos. Encontramos ese descanso del corazón no porque dejamos de comprometernos sino porque dejamos que nuestro barco vaya en la misma dirección hacia la cual sopla el Espíritu.

Como decía al principio, creía que la vocación fuese una llamada clara, que el Señor invitaba a cada uno a seguirle por sendas iluminadas constantemente por el sol y sin embargo he descubierto que Él nos llama a caminar con confianza en la penumbra, dándonos la luz diaria necesaria para dar el paso. Anthony de Mello decía que quien antes de dar un paso quiere tenerlo todo claro, pasa toda su vida con el pie levantado. Yo, a pesar de mis dudas y de mis miedos, quiero vivir mi vida con los dos pies en el suelo, viviendo a tope la realidad que ellos pisan y disfrutando de ese viaje hacia la tierra prometida, tierra en la cual quizás nunca entraré pero hacia la cual merece la pena y la vida encaminarse.

Imma Cosola





lunes, 2 de julio de 2018

Bendición irlandesa

Que los caminos se abran a tu encuentro,
que el sol brille sobre tu rostro,
que la lluvia caiga suave sobre tus campos,
que el viento sople siempre a tu espalda.
Que guardes en tu corazón con gratitud
el recuerdo precioso
de las cosas buenas de la vida.
Que todo don de Dios crezca en ti
y te ayude a llevar la alegría
a los corazones de cuantos amas.
Que tus ojos reflejen un brillo de amistad,
gracioso y generoso como el sol,
que sale entre las nubes
y calienta el mar tranquilo.
Que la fuerza de Dios te mantenga firme,
que los ojos de Dios te miren,
que los oídos de Dios te oigan,
que la Palabra de Dios te hable,
que la mano de Dios te proteja,
y que, hasta que volvamos a encontrarnos,
otro te tenga, y nos tenga a todos,
en la palma de su mano.

Anónimo (Fuente: www.pastoralsj.org)

lunes, 25 de junio de 2018

Ludoteca Misionera

Por segunda vez os traemos a esta sección música africana. En esta ocasión os compartimos una pequeña recopilación del blog de El País "África no es un país". Amalgamas hipotéticas nos acerca seis artistas de Malí, República Democrática del Congo, Guinea y Nigeria. Música de fusión, con ritmos que no nos suenan extraños en nuestra cultura, y más ahora a las puertas del verano, pero que mantienen la esencia africana.



lunes, 11 de junio de 2018

La otra cara del mundo. La misma cara humana

Queridos amigos y familia, me llamo Carmen y soy laica misionera comboniana.            
Hace menos de un año estaba todavía por tierras africanas, viviendo con el pueblo Acholi (en Uganda), lo que ha sido, sin duda, un periodo muy especial de mi vida. He estado en Gulu tres años, en un orfanato, trabajando con los niños en actividades creativas en un pequeño taller que hicimos entre todos. También trabajaba con las mamás en la gestión del almacén y el granero, donde teníamos que secar y almacenar el maíz, arroz y otras legumbres que recogíamos en el campo, y que después repartíamos para comer.

Mirando hacia atrás pienso en cómo los pasos que das (a veces sin entenderlos) hacen el camino, un camino que Dios ha diseñado en alguna parte y que sueña con mostrarnos a cada momento. Tu camino, que a veces necesita de alguien que te empuje porque estás paralizado, de alguien que te acompañe, incluso que te lleve en brazos porque estás demasiado cansado. Pero, ¿qué me decís cuando en el camino corres y saltas llena de entusiasmo porque sabes que tu ruta esta vez la sientes en el corazón al 100 %? Para mi esa es la vocación, cuando caminas de la mano de Dios y llena de paz, aunque los problemas no hayan disminuido, ni las dudas, ni siquiera los miedos, pero la balanza se descuelga irremediablemente por el platillo que dice alto y fuerte “esto es lo que Dios quiere para mí, y por eso me siento tan plena”.

Con esas dudas llegué al grupo joven de las Misioneras Combonianas (como había ido a tantos otros sitios), pero al instante sentí que allí había algo que me atrapó, por su fuerza y por resultarme tan familiar. Cosa inexplicable, me sentía en casa, sin conocer el sitio ni a las hermanas. Estoy muy agradecida al cariño y a la paciencia que tuvieron, ya que fue de su mano como pude discernir que mi vocación estaba en la familia Comboniana. Así conocí a los laicos, que viven también el carisma de Comboni y con los que comparto camino ya seis años. Con los Combonianos abrí las puertas de África…. Continente que había estado durmiendo en mi corazón no sé desde cuándo, ni por qué. Sólo sé que quería estar, quería vivir, sentir y compartir la experiencia de Dios con el pueblo que tuviera la generosidad de acogerme, de acompañarme y de enseñarme otra cara del mundo. Cara que al final es la misma, humana.

No hay sorpresas, porque el hombre sueña igual en todas partes, sonríe, llora, piensa, siente. Las relaciones son también las mismas, pero ¡qué determinantes son los envoltorios!, ¡qué determinante la pobreza que te ata y no te da opción a elegir!, ¡qué cruel la vida “de mínimos” que mata por una simple infección…..”
Así que la experiencia se hace carne, precisamente cuando te desarmas y ya no hay marcha atrás. Ese mundo que intuías está y es duro, muy duro para mucha gente, gente que nació como tú, pero en otra parte, sólo eso.

Aquí Dios se vuelve más centro, porque sin el eje de la fe, todo se desmorona. Es fácil dejarte acariciar por lo “bonito” de la experiencia misionera, que en mi caso fueron muchísimas cosas, como la suerte de vivir en comunidad con tres laicas polacas con las que he disfrutado y compartido, el pueblo acholi de carácter abierto y acogedor, los niños que siempre lo hacen todo más fácil y divertido, la vida más despacio y sin tanto ruido, más de relacionarse y crecer…..Pero si no llevas cuidado, por otro lado te va invadiendo lentamente una tristeza fruto de esa injusticia crónica que está en las entrañas de este mundo y que lo divide en los que abusan de los demás y en los que no pueden defenderse.
En Gulu construimos un precioso taller “Art Studio”, donde hacíamos muchas manualidades que después vendíamos a los voluntarios que se acercaban a visitarnos. Pero lo fundamental era que pudimos hacer un espacio para divertirnos y hablar con los niños, mientras ellos se daban cuenta de que eran capaces de hacer cosas preciosas. Todos estaban muy orgullosos cuando terminaban una libreta, un lapicero o un monedero. Ellos me enseñaron a mí, a hacer coches con botellas de plástico y guirnaldas de flores para ponerse en el pelo.

Tres años son pocos para entender profundamente tantas cosas, pero sirven para intuir, para acercarte a personas de una cultura tan lejana y tan cercana a la vez, porque eres capaz de sentir cosas muy fuertes, como la gratitud auténtica de corazón, la sensación de fraternidad, la esperanza y la alegría. En Uganda he sido muy feliz.

Y ahora estoy aquí, en Murcia, intentando reconstruir todo lo que ha quedado debilitado por esa dura realidad, de la que creo que es imposible escapar una vez que la miras a los ojos. Intentando que Dios, que fue el que me llevó hasta allí, me ayude aquí a no olvidar, y a no dejar que la tristeza me invada, que me ayude a aceptar y a aprender a vivir con una fe nueva, fe que se ensució con la tierra del camino, pero que se tiene que levantar, sacudir y volver a caminar con fuerza.
Confiando en que el amor tiene la última palabra, y no otros ruidos que intentan imponerse. Para eso cuento con mi familia, amigos, y hermanos laicos combonianos, que me acompañan y ayudan en este periodo a recuperar la esperanza para vivir con plenitud y alegría, y quién sabe si en un futuro poder volver a África con la misma ilusión, sino mayor, con la que llegué a la aldea de Gulu un mes de agosto de 2014.

Carmen Aranda,
Laica Misionera Comboniana

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