domingo, 19 de febrero de 2017

En el exilio con nuestro pueblo




Uganda, 17 febrero 2017 

Queridos amigos/amigas:

Quisiera compartir con ustedes algo sobre la situación que estamos viviendo aquí en Sur Sudan.   Les escribo desde Uganda, donde estamos en exilio junto a nuestro pueblo del S. Sudan. Las razones del exilio son varias y complejas, antes de Navidad escuchamos rumores de un posible ataque entre los soldados de la oposición y los del gobierno. Durante casi todo el mes vimos cientos de personas huir hacia el norte de Uganda donde están los campos de refugiados; la gente caminaba tanto bajo el sol, con niños y cargando los bienes necesarios como podían. 

Nos preguntábamos como sería nuestra Navidad, gracias a Dios la celebramos bien y recibimos el nuevo año alegremente en comunidad con la gente, aunque al mismo tiempo en muchos de ellos captamos tensión y miedo. Terminadas las fiestas, como previsto, las hermanas viajamos a Nairobi para el retiro la asamblea anuales. Mientras estábamos en Nairobi recibimos la noticia de que el domingo en una de las capillas, mientras la comunidad rezaba, los soldados entraron y mientras la gente huía, seis personas fueron asesinadas, entre ellos un catequista. 

Regresando de Nairobi, estando aún en la frontera con Uganda, encontramos algunos de nuestros feligreses allí: rostros cansados, agobiados, sufridos; nos informaron sobre la situación en nuestra zona y nos dijeron que toda la gente estaba huyendo porque nadie se sentía seguro ahí. La gente huyó con todos sus bienes, caminando por horas bajo el sol, cargando pesos, durmiendo algunas noches en los bordes de la calle y cuando finalmente llegaron a la frontera tuvieron que esperar algunas horas para ser inscritos y asignados por las Naciones Unidas a un campo de refugiados. Ver a nuestra gente en esas condiciones sentí pena, parecían ovejas sin pastor. En la frontera vimos muchos autobuses de las Naciones Unidas UNHCR que transportaban a la gente hacia los campos de refugiados, detrás de ellos partían también camiones transportando sus pertenencias: recipientes para el agua, colchonetas, sillas, mesas, ollas, en fin, todo muy simple, lo que la gente posee. 




Dejada la frontera, nosotras continuamos nuestro viaje hacia el Sur Sudan, y lo largo del camino vimos muchas cabañas cerradas con candado, pozos sin mujeres que recogieran agua, aldeas vacías y patios sin niños que jugaran, ningún joven paseando por las calles o jugando en el campo de futbol. En el camino encontramos de nuevo gente caminando hacia la frontera: hombres sudorosos y fatigados, el polvo rojizo cubría sus caras y su ropa, rostros cansados, llevaban sus motos o bicicletas sobrecargadas con sus animales, sacos, cajas y otras pertenencias.  

Aquella primera noche de nuestro regreso percibí un silencio extraño, los perros aullaban como si lloraran la ausencia de sus amos. A la mañana siguiente no hubo gallos que anunciaran el amanecer. En la tierra de la misión, las personas más vulnerables estaban esperando que se les ayudara para llegar a la frontera con sus bienes, estos eran: mujeres embarazadas, personas con discapacidad, ancianos, enfermos, éstos fueron ayudados de manera especial. 

Por la mañana fuimos a saludarlos y a conversar con ellos, su presencia me hizo pensar a los pobres de Yahveh, a aquel resto fiel del pueblo de Israel que esperaba solo en Dios su liberación y salvación. Una joven con discapacidad se me acercó, me tiró del brazo y me abrazó, luego me ofreció un pedazo de caña de azúcar. Otro chico con retraso mental me llamó desde donde estaba sentado en el suelo y me ofreció un trozo de patata dulce (camote). Gestos de dulzura y calidez de quien de guerra o de luchas tribales no entiende mucho, de quien vive la relación con los demás de manera simple y espontánea ... y le pedí al Señor de donarme un corazón sencillo como el de ellos. 

Nosotras como misioneras optamos por quedamos con el pueblo aún en situaciones de peligro, si es necesario, conscientes de que nuestra vida la hemos ya donado al Señor. Hacer causa común con las personas con las que vivimos es una parte importante del legado que Daniel Comboni nos dejó, es profecía en nombre de la pobreza y de la hermandad universal, porque para Dios no existen vidas humanas más preciosas que otras. En nuestro caso fue la gente que abandonó el lugar y nos quedamos solo las hermanas y los misioneros. La gente nos advirtió de salir también nosotros, porque en cualquier momento podría comenzar el enfrentamiento armado, nos pidieron de no abandonarlos en los campos, de visitarlos, de ir a rezar con ellos. 



Como equipo pastoral pedimos al Señor que nos asistiera con su sabiduría, entre nosotros dialogamos tratando de discernir que hacer; al final decidimos dejar la misión el lunes 6 de febrero y partimos hacia la comunidad comboniana más cercana en el norte de Uganda; zona donde están los campos. Queremos ofrecer un servicio pastoral a nuestros feligreses y acompañar esta experiencia de exilio, que es también el nuestro.  

El amor como un oficio



"Asume el amor como un oficio
en el que te tienes que esmerar,
repítelo hasta la perfección,
repítelo todas las veces que haga falta
hasta que dentro de él dure todo
y tenga sentido.

Deja que crezca en él el sol
hasta tarde,
déjalo ser el ala de la imaginación,
la casa de la concordia,

pero no dejes nunca que sobre
para que no sea un recuerdo."

Eduardo White

domingo, 12 de febrero de 2017

Con los ojos fijos en Él



"No os pido que penséis en él ni saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes delicadas consideraciones en vuestro entendimientos: no quiero más que le miréis." 

Santa Teresa de Ávila

lunes, 6 de febrero de 2017

¿Cómo podría decir que no?




La hermana Marianna, Misionera Comboniana en Wau, Sur Sudan, comparte con Jóvenes en Misión el gozo de celebrar sus votos perpetuos en medio de la gente de Wau. 

 Me siento afortunada y bendecida de poder vivir, con otras cinco hermanas en Wau, Sur Sudan, desde hace cinco años. Trabajo como médico en el hospital diocesano, San Daniel Comboni. Me ocupo especialmente de niños y madres embarazadas. No acabo de agradecer a Dios por este permitirme dar este servicio. 

La situación del país se ha vuelto muy triste en los últimos años, con un conflicto de poder que se ha convertido en conflicto étnico. Millones de personas asesinadas, millones de desplazados internos y en países cercanos, y otras atrocidades provocadas por los conflictos.... Muchísima gente, especialmente niños, sufre de malnutrición, vive en tiendas y les falta servicio médico. Aun en este contexto, no acabo de admirar la confianza en Dios, la resilencia de la gente y la alegría de la fraternidad. 




 Me preguntas qué sentido tiene hacer los votos perpetuos y pronunciarlos aquí. Te contesto: no soy una persona especial, simplemente, ¿Cómo podría decir que “no” al Amor de Dios que nos abraza desde siempre y para siempre, que ha cambiado y llenado mi vida? Y ¿Cómo podría celebrar este gozo lejos de la gente que me enseña todos los días la bondad y la ternura de Dios en medio de tantos y grandes sufrimientos? 

 Rezamos por la paz en Sur Sudan y en todo el mundo, sabiendo que la paz empieza siempre en nuestro corazón en las cosas pequeñas de todos los días. 

Con mucho cariño, en el Señor, hermana Marianna

viernes, 3 de febrero de 2017

La luz que agrieta el muro




Cuando nos asola la tristeza muchas veces levantamos un muro, ya sea por no querer preocupar a los que nos rodean o por no querer mostrarnos débiles. En cualquier caso, la tristeza se comporta muchas veces como una enfermedad, sobre todo por quienes lo ven como muros insalvables que no permiten avanzar. Pero decía Cohen que en todo muro hay una grieta por la que puede entrar la luz. Esa luz es la que buscamos este fin de semana, 21-22 de enero, en Granada. 

Visitar al enfermo y consolar al triste fueron los dos temas sobre los que trabajamos y reflexionamos. Jesús sanó a muchos enfermos, y al hacerlo siempre les perdonó los pecados ¿por qué? El propio Jesús dice que lo más difícil de curar es el corazón, por eso su sanación es completa, más allá de las molestias físicas. Y el cariño y cuidado con el que lo hace, saca la ternura más profunda. 




El sábado por la tarde tuvimos la ocasión de acompañar al grupo de sacerdotes y seminaristas que visitan a los enfermos diariamente en el hospital Virgen de las Nieves, en parejas o grupos de tres fuimos por las habitaciones que habían solicitado la visita, se conversaba y se entregaba la Comunión. Fue motivador encontrar cómo todas aquellas personas no veían la enfermedad como un muro insalvable sino como un obstáculo a superar, manteniendo esa luz encendida. Una de las pacientes dijo que le gustaba recibir la Comunión todos los días porque la mantenía tranquila, le completó su compañera de habitación afirmando que tenía que tomarse muchas pastillas, pero la oblea era la más importante.




Así, en un territorio tan mustio como un hospital, la fortaleza y la alegría se hacen presentes a través de los propios enfermos. Como siempre, fue un encuentro breve pero intenso, de los que permiten mantener la grieta abierta. 

¡Nos vemos en febrero!

Íñigo 

domingo, 15 de enero de 2017

Tu muro en un peldaño




“Convierte tu muro en un peldaño” Rainer Maria Rilke 

Hoy 15 de enero se celebra la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado con el lema, “Menores migrantes vulnerables y sin voz. Reto y esperanza”. Un lema con el que el papa Francisco nos invita a fijar nuestra mirada en los niños migrantes porque “son menores, extranjeros e indefensos… Ellos son quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos.”



  

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