jueves, 17 de agosto de 2017

No hay muro que detenga los sueños





¡Boza!¡Boza! (¡Victoria!¡Victoria!). Escuchamos los gritos en el silencio de la madrugada de nuestra habitación. Sorpresa, miedo, inquietud y alegría. Miles de sentimientos y sensaciones que se chocaban dentro de mí. Quería gritar y guardar silencio. Mientras, los inmigrantes bajaban la calle camino al CETI, celebrando la última victoria en su conquista del sueño europeo. Después silencio.

 La segunda noche que les oí, ya sabiendo lo que significaba el griterío, volví a la cama y pasó mucho tiempo hasta que pude volver a dormir. Pensaba en su duro pasado y futuro. En como dejando todo atrás, su familia, amigos y paisajes se habían embarcado en el viaje que les ha traído hasta mi país. Un país, como todos, construido a través de generaciones de inmigrantes y emigrantes. Estas semanas les he conocido. No a través de los medios o de los prejuicios e indiferencias de mi país. De tú a tú, aprendiendo y descubriéndome a mí misma en ellos. Sintiéndome hermana suya, hijos del mismo Dios. Jóvenes y niños con sueños y esperanzas como los míos: un trabajo digno, una familia, un hogar; pero sin mis derechos. Nacidos al otro lado del charco y por ello considerados ciudadanos de segunda. Les miro, escucho, veo sus sonrisas, su indignación, sus miradas ausentes, viajando a los duros momentos del camino y me siento pequeña, hasta ridícula en mis quejas del día a día, en mis enfados por nimiedades, en mi creencia de merecer todo lo que tengo. 




 Estas dos semanas han sido un regalo precioso. Hemos podido acercarnos al inmigrante y ensanchar el corazón, los objetivos principales del campo de trabajo. Personas de otras culturas y religiones nos han abierto las puertas de sus templos y corazón de forma altruista. Con la única intención de conocer mejor lo que nos une y dejar a un lado lo que nos separa. Han sido días de abrir nuestra mente y alma, apartando la mochila que traíamos de conocimientos, prejuicios, comodidades, etc.; para empaparnos de esta realidad. Una realidad sin filtros, palpable, vibrante y llena de vida. 

Gracias a Dios, los pequeños milagros que suceden en el San Antonio y Ceuta no son un hecho aislado. En Martil (Tánger-Tetúan), nos sentamos en el Centro Cultural Lerchundi, con subsaharianos, marroquíes y europeos a crear lazos y buscar cómo mejorar. Cómo enfrentarnos a esta realidad que vivimos y cómo construir desde nuestra posición un mundo que acoja al inmigrante. De este encuentro tan especial destaco cómo cambiar la visión que tenemos del inmigrante, de amenazante a enriquecedor. Integrar haciendo ver y aprendiendo de sus capacidades y conocimientos, trabajando con ellos de igual a igual. Recalco también que en todos los grupos de trabajo partimos todos de la misma idea: todos tenemos historias de emigración cercanas y en el futuro podremos ser también inmigrantes en otro país. ¿Cómo queremos ser acogidos? 



 Son muchas las experiencias vividas, pero me es imposible compartir todo. Muchos momentos están todavía macerándose, y como el pequeño grano de mostaza darán fruto, pero todavía es pronto para saber cuándo y cómo. Estoy convencida además de que todo lo recibido en estos días no puede expresarse en palabras, hay que vivirlo. Mirar a los ojos al otro y acogernos mutuamente. Abrazarnos en un gesto, una mirada, una escucha y empezar de nuevo cada día, en el convencimiento de que sólo el amor acabará con la ignorancia y miedos que nos hacen construir vallas en vez de puentes. 

 Al final de la película 14 Km se citaba un texto de Rosa Montero, muy duro y real: “Seguirán viniendo y seguirán muriendo, porque la historia ha demostrado que no hay muro capaz de contener los sueños” Soñemos entonces juntos con el mundo que ellos y nosotros queremos, sabiendo que cada segundo de nuestra vida cuenta y podemos aprovecharlo para cambiar el mundo desde nuestro pequeño ámbito de acción. 

Cuando veas a un inmigrante, a cualquiera más débil y desprotegido mírale a los ojos, tiende tu mano, déjate hacer. 

 “…porque el más pequeño entre vosotros, ése es el más grande” , Lc 9, 48

Ana Doreste


jueves, 10 de agosto de 2017

La Torre de Elvira. Construcción de solidaridad



Cuenta el Antiguo Testamento que una vez los hombres y mujeres de la Tierra se reunieron para construir una torre tan alta que llegara al cielo. Ante su actitud de omnipotencia Dios decidió hacerles hablar diferentes lenguas para confundirlos, de tal forma que la torre se quedara sin terminar y los trabajadores se dispersaran desde Oriente Medio a Europa y África, a Lejano Oriente y América, pasándose a llamar ese lugar Babel y la torre, la mítica Torre de Babel. 

A día de hoy, a 20 minutos de Granada, en Sierra Elvira, un grupo de hombres y mujeres, niños y niñas, de diferentes rincones de la Tierra, vecinos de la Alhambra y de otras partes de España, del otro lado del Estrecho y de la otra orilla del charco, se han visto reunidos construyendo un proyecto tan profundo que el cielo llega a él. Ante su actitud de solidaridad, Dios se ha hecho presente entre ellos, fortaleciéndolos en su diversidad, de tal forma que la torre no termine de construirse y los trabajadores se sientan unidos por el vínculo de la fraternidad, esta Torre de Elvira se llama Fundación Escuela de Solidaridad (FES). 




 Nuestro pequeño grupo de Jóvenes en Misión se sumó con ilusión a este proyecto durante unos días (27 julio-1 agosto), conviviendo con los residentes y con el resto de voluntarios, provenientes no solo de diferentes partes de España sino de otros países como Estados Unidos o Italia. FES es un lugar donde se apuesta por la autogestión para dar un hogar a familias que de otra forma tendrían que separarse, o a personas que tendrían que vivir en la calle, todas ellas con su historia y cada una con su cruz. Con tantos caminos, tantas cruces, tanta diversidad, la convivencia tiene sus dificultades, pero en este espacio encontramos comprensión, acogida y compañía. Por eso todos hablan el lenguaje universal de la solidaridad, por eso esta Torre de Elvira sí se puede construir. 


El lenguaje de la solidaridad es complejo, tiene muchos dialectos y a veces puede ser difícil entenderse, pero su gramática básica común surge del amor. Como nos decía Ignacio, fundador y coordinador de la fundación, el amor es vulnerable, donde haya seguridad no hay amor, esa vulnerabilidad bien la experimentamos en la enfermedad tres de nosotros la última noche (y un cuarto el día siguiente), la enfermedad nos hizo cargar con el dolor y la frustración, pero nos hizo receptores del cuidado y la atención, del amor, por lo que no me queda más que agradecer ese final, que lejos de suponer un fracaso, fue un regalo para entender en una dimensión más la solidaridad. También esta vulnerabilidad se muestra en la apertura permanente de las puertas de la fundación, así, del amor nace la hospitalidad, cualquier persona puede entrar a buscar un hogar o a echar una mano. Y con ella, su mochila, sus historias de sueños perseguidos devorados por serpientes en forma de maltrato, desahucio o pateras, sus sentimientos de dolor, tristeza y fracaso, todo ello también llega, y se va reconstruyendo en, y con, la Torre de Elvira. 

 De esta forma la hospitalidad es germen de la comprensión y la empatía, reconociendo en el otro a un hermano nos hacemos cargo de su cruz, nos solidarizamos con su pasión y lo apoyamos en su Gólgota, la solidaridad es circunscribirnos en la causa del otro, pero sabiendo que es su causa. Así se consolida la solidaridad con los cercanos, y construimos la solidaridad con los lejanos, siendo conscientes que para mantener nuestro nivel de vida explotamos ecoespacios más allá de nuestras fronteras, empobreciendo a hermanos y hermanas que se ven empujados a buscar oportunidades encontrándose con nuestras concertinas, y creemos que llevando el Norte al Sur les socorremos, perpetuando los procesos colonizadores. 



Por eso la huella que dejó nuestro grupo en las paredes de FES es la frase de Comboni, adelantada para su época y revolucionaria para la nuestra, Salvar África con África. La solidaridad nos conduce por tanto a la fraternidad, a reconocernos hermanos y hermanas, hijos de un mismo Dios, no en vano uno de los lemas de la fundación es Construyendo familia, familia de sangre, pero también familia universal, una familia cosmopolita donde todas aportemos, donde coger lo mejor del Norte y lo mejor del Sur para imaginar un mundo donde la solidaridad y la fraternidad sean superiores al miedo y la discriminación. Por ello necesitamos escuelas de solidaridad, como la Torre de Elvira. 




 Íñigo Vitón García
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